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Los desastres “naturales” casi nunca lo son. Llamar “actos de Dios”
a las catástrofes humanas en que intervienen las fuerzas naturales
llega casi a ser una blasfemia.
Un cerro que se desgaja no es culpa de Papá Dios. Las casas bajo el
agua en una cuenca de una zona lluviosa no son culpa de las lluvias.
Si los ríos se desbordan no es nada más porque llueva fuerte sino
porque levanta sus lechos la tierra deslavada de cerros erosionados.
Chiapas y Tabasco demuestran que la naturaleza no es culpable de lo
que le devuelve a los hombres. Son los hombres las víctimas de lo
que han hecho al no respetarla. De no aprender de la ciencia, ni de
la historia, ni de las anteriores calamidades, ni de las olvida-das
víctimas.
Un cerro chiapaneco que llevaba miles de años sin que le pasara
nada, de repente se derrumba sobre el río Grijalva y produce una
novedosa aportación mexicana al catálogo mundial de los desastres:
un tsunami fluvial. Y una incontada cantidad de muertos. ¿Por qué
será: ha llovido más ahora que en los siglos anteriores, o afectó al
cerro el famoso calentamiento global? ¿O no será que hubo gente que
se dedicó a deforestarlo, quitarle la capa de tierra, y dejar
sueltas las rocas? O si somos malpensados, ¿habrá hecho alguien
negocio con esa tala? ¿Autoridades que no aplicaron la ley?
¿Congresos que no diseñaron una ley acorde a la protección civil?
¿Jueces que ampararon a unos u otros? Y todo ello, ¿a cambio de qué
contraprestación política y/o monetaria?
Tabasco completo recibe torrentes bajantes de cerros que antes
retenían agua y alimentaban al humus y a árboles que ya no existen.
Qué raro: ¡se deslavan las rocas! Sus cuencas se inundan en un
estado que recibe uno de los mayores índices de lluvia en toda la
república, donde abundan las casas pegadas a lechos de ríos. Cada
pocos años hay inundaciones catastróficas allí mismo. Y muertos y
daños y dañados, y solidaridad nacional para ayudarlos. Pero
regresan allí. Nadie se lo impide. Nadie hace valer la ley,
suponiendo que haya ley y lo que de ella emane: planes de uso del
suelo y de asentamientos urbanos, normas de construcción, reglas de
ecología y protección forestal, etcétera. ¡Ah, qué canija naturaleza
tan malévola!
No, tampoco es por malignidad de la naturaleza un terremoto. Sus
perjuicios vienen de ingenieros, maestros de obras, proveedores,
gobernantes e inspectores, no de las placas tectónicas. La madre
tierra no produce casas mal hechas, edificios mal calculados,
mate-riales chafas o insuficientes, puentes de relumbrón,
licitaciones amañadas, leyes no aplicadas o demagógicas, inspectores
de vista gorda, y los infinitos veneros de la corrupción que nos ha
escriturado el diablo.
No, no son actos de Dios. Quien se opone a las leyes naturales, será
víctima de ellas. Tarde, o temprano. Las leyes de la naturaleza no
admiten corruptelas ni están sujetas a interpretación.
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