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Filosofía Zoológica (1809)
LAMARCK
Editorial Alta Fulla (Barcelona) 1986
Reseña de Máximo Sandín
en
Treinta y tantos libros y un prólogo abierto para una nueva
biología.
Coordinador: Emilio Cervantes
Ediciones Crimentales
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Este libro es la obra de un proscrito. De un hombre que vivió la
vida con intensidad. Que luchó en la Guerra de los Siete Años y se
distinguió por su valor. Que tuvo una intensa vida amorosa al amparo
de la Revolución francesa, cuyos (al parecer, ya periclitados)
ideales de libertad, igualdad y fraternidad abrazó sin ambages. Un
hombre que estudió, y amó la vida (¿un biólogo?). Por eso su visión
de la vida, de la Naturaleza, era hermosa (¿de qué otro modo puede
ver un amante a su ser amado?).
El currículum científico de Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet,
Caballero de Lamarck, resultaría envidiable para muchos “sabios”
mediáticos actuales. Su formación fue enciclopédica. Estudió y
escribió sobre Paleontología, Botánica, Meteorología, Física,
Zoología... fue un brillante profesor y contribuyó a la
estructuración de la Universidad moderna.
Pero lo más importante, lo que debe pedirse (¿exigirse?) a un
científico para ser considerado como tal, son sus aportaciones al
progreso del conocimiento. Y tampoco en este aspecto sus méritos
fueron menores: creó las Claves Dicotómicas, que hoy se utilizan en
Botánica (y se han extendido a la Zoología), aportó el concepto de
animales invertebrados, sobre los que escribió un imponente tratado
y, aunque el término Biología aplicado al estudio de los seres vivos
se atribuye por unos a Michael C. Hanov (1766) y por otros a Karl
Friedrich Burdach (1800), sin pretender entrar en debates
infructuosos, se puede afirmar que Lamarck fue el primero que le dio
el verdadero sentido científico al entenderlo como la denominación
de una disciplina basada en un cuerpo teórico. En un concepto
unificador. Su Filosofía Zoológica fue el primer tratado dedicado
íntegramente a la evolución entendida como base teórica de la
Biología.
Y, sin embargo, es un proscrito. Hasta el punto de que su obra
fundamental no figuraba en la propuesta inicial de esta antología de
textos científicos.
Indagar sobre las causas de esta situación, que resultaría aberrante
en cualquier otra disciplina científica, podría resultar una ardua
tarea que nos obligaría a prolijos y concienzudos análisis
filosóficos, históricos, epistemológicos... pero esas disciplinas no
parecen gozar de un gran aprecio entre los biólogos cuando de lo que
se habla es de cuestiones científicas basadas en datos “objetivos”,
por lo que una aproximación mas sencilla (menos ambiciosa) puede
consistir en una somera revisión de los errores científicos de la
obra de Lamarck, desde la perspectiva de la Biología actual, para
comprobar hasta qué punto justifican esta condena al ostracismo.
En lo que se refiere a su concepción de la metodología, quizás se le
pueda acusar de un excesivo rigorismo, tal vez disculpable por la
influencia de la Ilustración, con su vocación racionalista. Sus
estudios de anatomía comparada, sus trabajos sobre paleontología,
sus millares de disecciones, en las que se dejó la vista, podrían
haber tomado un camino más eficaz (al menos, no tan laborioso) si se
hubiese limitado a observar las actividades de los ganaderos,
jardineros y horticultores.
Pero quizás, sus errores más llamativos son los conceptos derivados
de su tozudez experimental: la tendencia a una mayor complejidad en
el nivel de organización, la capacidad de los organismos para
responder a las condiciones ambientales, el equilibrio que gobierna
las relaciones entre los seres vivos, la capacidad para los cambios
de organización inscrita en los organismos... en una época en la que
se desconocían los fenómenos epigenéticos, de transmisión genética
horizontal, de regulación génica, de “estrés genómico”, las
integraciones virales, los genes homeóticos, los modelos
matemáticos... pueden ser consideradas por un biólogo actual como
especulaciones gratuitas que pueden ser resueltas de una manera más
sencilla (recordemos: La explicación más simple es, probablemente,
la mejor) con un simple concepto: el azar.
Desde luego, no puede decirse que la formación y la actividad
profesional (docente e investigadora) de Lamarck pueda considerarse
superficial para su época, incluso si la comparamos con la de los
biólogos actuales, pero sí se le puede encontrar una laguna en
comparación con estos: la formación en economía liberal clásica. Los
términos competencia, coste-beneficio, egoísmo, explotación de
recursos... como elementos conformadores de la supervivencia del más
adecuado, y esenciales en la terminología biológica actual, no
forman parte del vocabulario científico de Lamarck.
En cualquier caso, no parecen existir entre los conceptos de la
Biología moderna argumentos de índole estrictamente científica que
justifiquen el rechazo, poco menos que histérico, a la figura de
Lamarck. Se diría que, tras la forma en que es descalificado en los
textos convencionales, hay algo más que una denuncia de sus errores
científicos. Lo que transluce es una verdadera repulsión por su
concepción vitalista de la relación entre los organismos y el
ambiente, todos en permanente interacción y comunicación. Una
visión, según la cual, los organismos y el ambiente se construyen
mutuamente, frente a la concepción “ortodoxa” de las características
rígidamente determinadas en los organismos, variables al azar y
seleccionadas por el ambiente mediante una permanente competencia.
Es decir, al parecer, se trataría de un rechazo a una determinada
forma, más general, de ver, de comprender la vida.
De todos modos, la Ciencia consiste, en esencia, en una continua
corrección de errores. La cuestión que merecería una más amplia
discusión es qué errores son los que hay que corregir. Porque si la
concepción errónea fuera la que considera el fenómeno de la vida
como algo sórdido, una Naturaleza en la que no hay cabida para todos
y poblada por individuos egoístas (que sólo buscan “su propio
interés”), como una constante competición entre los organismos en la
que la relación con el ambiente está dirigida por cambios al azar y
en la que sólo los “mas aptos” tienen el derecho a la vida, los
errores podrían ser corregidos, pero sus consecuencias serían
irreparables.
Porque se puede corregir la consideración reduccionista del “gen”
como un ente independiente, aislado del ambiente y variable al azar.
La consideración competitiva de la Naturaleza en la que los virus y
las bacterias son “nuestros peores competidores” que acechan
esperando su oportunidad para destruirnos, pero ¿son reparables los
daños producidos a las personas y a la Naturaleza por las
aplicaciones prácticas de esta concepción?
Y porque tal vez se pueda corregir la concepción determinista, según
la cual los individuos, los pueblos, las naciones, llevan sus
características, sus virtudes y sus defectos grabados en sus
“genes”, pero ¿se podrán reparar las terribles consecuencias de las
aplicaciones de estas ideas a la sociedad?
La nueva Biología nos está mostrando una Naturaleza tan compleja,
tan viva, tan hermosa y tan poderosa como la veía Lamarck. Quizás ha
llegado el momento de comenzar a tratarla con el respeto que se
merece.
Ojalá no sea demasiado tarde.
Máximo Sandín
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